Editorial de la Despensa de Málaga :: Gastronomía de Málaga
Aprender el vino (de nuevo)
Catorce y bajando: no es una orden que hayamos escuchando en ningún submarino sino la cifra más pesimista que se baraja en la actualidad sobre el consumo de vino en España por persona y año. Sin embargo, cada vez hablamos más de vinos, oímos que se abren nuevas bodegas, que se realizan más cursos de cata o que el turismo enológico está de moda. ¿Qué no encaja?
Para el que no le sorprenda la cifra, tan solo diremos que, hace escasos treinta años, eran alrededor de cincuenta el número de litros de vino que su bebían por persona y año en nuestro país. El análisis de este tipo de situaciones siempre nos entrega respuestas múltiples y orígenes multicausales, con lo que buscar una solución no es una sencilla regla de tres como a veces se escucha en el sector.
Quizá el primer aspecto que necesitemos plantearnos es que soluciones hay muchas, como hemos dicho, pero no se excluyen las unas a las otras. Pudiera ser que cada productor o bodega debiera hacer un nuevo recuento de sus capacidades y logros y repensar a qué mercado quiere dirigirse con los medios reales que posee. Todo el mundo no tiene por qué ser Petrus. Y vaya por delante que, en la actualidad, es muy, muy difícil encontrar un vino con defectos en los lineales de cualquier supermercado.
Gastronomía versus consumo
La “desaparición” del vino de muchas mesas diarias no es algo que se haya forjado en los últimos cinco años sino que es la consecuencia de muchas estrategias comerciales que, vistas con el paso del tiempo, parece que no han sido de las más acertadas, y de un cambio en los gustos del consumidor final. Si fue antes el huevo o la gallina, esto es, si los gustos cambiaron por las estrategias de marketing o al revés, es algo que nos llevaría muchas horas discutir para llegar al mismo plato de nuevo: menos de catorce litros de vino por español y año, y eso teniendo en cuenta que la Navidad y los cavas siempre le dan un repunte de última hora a tales cifras.
Bajo nuestro punto de vista, el vino, entre otros factores, se ha alejado de nuestros almuerzos o cenas al “tecnificarse” en exceso su consumo. Hagamos un simple ejercicio de imaginación: pensemos por un rato en que Prolongo decidiera que su “budin de cerdo” (un producto que nos encanta, que consumimos, y que forma parte del más querido imaginario de sabores de nuestras meriendas infantiles) va a ser a partir de ahora un producto “gourmet”, un preparado que se aleje del bocadillo o la tapita de toda la vida para entrar en el universo de la “degustación gastronómica” que solo se hace en días especiales o cuando tenemos invitados en casa, como ocurre con un foie gras mi cuit . Se le da un nuevo packaging más cool y se A lo mejor es necesario empezar a exigir que no nos coloquen un rioja de doce euros cada vez que pedimos una copa de tinto en un bar
organizan catas en las que todo el mundo comienza a fijarse en los tonos rosados del tocino, el toque caoba de los trocitos de magro y el gusto untuoso en boca que deviene tras el mordisco. Es posible que cinco años después Prolongo hiciera cuentas y descubriera que su venta global ha descendido y que el producto tiene solo picos altos en Navidad, por ejemplo. El siguiente paso sería recortar la producción, subir el precio para compensar y tratar de conseguir una altísima puntuación en el International Pork Pudding Journal. Después de todo esto, al que se le ocurriera comerse un bocadillo de queso de cerdo para merendar, todos lo miraríamos con cara rara. El “budin de cerdo” solo se come en Nochebuena y punto.
Ojo que con esta cierta broma no estamos criticando en absoluto al mundo de la enología, del que participamos y formamos parte cada vez que reseñamos algunos de los absolutamente excelentes vinos de nuestra provincia, pero si queremos hacer una reflexión sobre que, coexistiendo con el modelo de marketing y distribución actual del vino, deberíamos plantearnos otras maneras de que esos caldos lleguen al consumidor final.
Educar de nuevo en el vino
Para el que subscribe, el vino forma parte de una cultura recibida a través de las largas horas que pasó con su padre visitando muchas tardes sitios como la añorada taberna “La Raya” o la “Casa de Guardia”. En este afterwork de mi infancia y juventud aprendí a apreciar el vino, a saber beberlo – aunque no lo catara ni por asomo dada mi edad de entonces- y a disfrutar de ese ritual de compartir un rato con los amigos delante de un vasito de lagrima o de un culito de aquellos blancos recién salidos de las botellas recicladas de “Agua de Carabaña” que usaban en “La Raya” para servir en la barra. Entre otras muchas cosas, aprendí que el vino era responsabilidad: se me viene a la cabeza aquella famosa foto de Cartier-Bresson hecha en la Rue Mouffetard donde un orgulloso niño lleva dos botellas de vino a casa y de lo que representaba para mí que me dejaran, siendo ya más mayorcito, hacer lo mismo que en la foto: llevar el casco de vidrio hasta la panadería de mi barrio, que me fijara en si estaba bien la “vuelta” que me diese el tendero y le trajera su botellita de blanco a mi padre para sus almuerzos y cenas.
Ahora es casi imposible encontrar vinos de mesa fuera de los supermercados que no sean de tetrabrik y los despachos de vinos o tabernas (al estilo de la maravilla que es “El Guardia”) han casi desaparecido de nuestra ciudad. Salir a tomarse un vino un par de tardes a la semana es un ejercicio caro dado que las tabernas se han convertido en restaurantes y que una copa de tinto con una sencilla tapa puede plantarse -sin miramientos y tirando por lo bajo- en los cuatro euros. A lo mejor es necesario empezar a exigir que no nos coloquen un rioja de doce euros la botella cada vez que pedimos una copa de tinto en un bar y que los vinos “chicos” no tienen nada que envidiarles a muchas de esas marcas que a todos se nos vienen a la cabeza. Pensar de nuevo en montar despachos de vino propios – no restaurantes- en una ciudad tan turística como Málaga pudiera ser una acertada y novedosa línea de promoción y venta para muchas bodegas, algo similar a lo que ya saben y practican las industrias cerveceras de muchos países europeos. Posiblemente también serían muchos los malagueños que aprenderían que en Málaga hay blancos y tintos maravillosos, creados a escasos cincuenta kilómetros de su casa y hasta sabrían cuál es, por su nombre, su vino o bodega favoritos de la provincia y no acabarían con un rioja debajo del brazo cada vez que quieran regalar un buen vino.
Mientras el vino, o una parte de él, sea un objeto de consumo sofisticado que solo se compra para un día especial o para agasajar al amigo que nos invita a cenar un viernes a su casa, difícilmente vamos a poner de nuevo junto a nuestra sopa de picadillo y nuestro plato de jurelitos fritos aquellos medios vasos de blanco que se tomaban nuestros padres cada día.
Y los enólogos, una maravilla
Que nadie se llame a engaño ni se raje las vestiduras por esta opinión: el mundo de la enología, las catas y el mayor conocimiento técnico de vino ha contribuido a lo que decíamos antes, que haya que buscar, rebuscar y requetebuscar para encontrar un vino malo entre la oferta actual, algo de lo que debemos sentirnos muy orgullosos en un país tan de vinos como España. Todos nosotros tenemos en la alacena nuestra copa Borgoña para los tintos, nuestra copa Chardonnay para los blancos y hasta alguna Sauternes para los dulces, pero también hay que tener un vaso para ese blanco que tomamos y disfrutamos mientras que comemos viendo el telediario.
| < Anterior | Siguiente > |
|---|


